Vivimos en un mundo inhóspito.
Aquí inhóspito no quiere decir yermo. No estamos en un desierto, a nuestro alrededor no hay ningún campo de ruinas, ningún montón de escombros va creciendo ante nuestros pies. No somos románticos, al contrario: nos sabemos viviendo en un paraíso inagotable, incolmable de objetos y maravillas. Da gozo cuanto hay. Inhóspito quiere decir inhospitalario.
Las cosas que hay a nuestro alrededor no nos acogen, no permiten que vayamos hasta ellas para poyarnos. Son riquísimas, hermosas vivas, pero no nos aceptan. Cézanne decía de las cosas que eran “esféricas”. Él veía esferas, conos y cilindros por todas partes, en cualquier sitio donde enviara su mirada. Un mundo hecho todo él de superficies convexas, de objetos puestos de espaldas, donde no hay abierta ninguna concavidad para recoger la mirada.
Un mundo sin apoyos, resbaladizo, de escamas, de escudos; una disgregación desasistida, sin gente, por donde se despeña nuestra mirada, hasta venir al suelo.A ese caer a tierra, a ese mundo que nunca nos recibe, le llamamos “moderno”.Josep Quetglas
La construcción actual de viviendas actualmente opera en la mayoría de los casos en situaciones periféricas de límite, límite de redes y límites de ciudad. Límites que necesitan una nueva imagen urbana como respuesta a la nueva construcción de ciudad. Nos podemos preguntar que respuestas tipológicas deberían ser más adecuadas para esta situación periurbana, donde la ciudad aún no existe o no tiene un pasado que la haya consolidado.
La situación excesiva de los parámetros urbanísticos limita, tanto a nivel de usos como de proyecto. Se debería evitar los modelos que recurran a soluciones que no integren la trama urbana; por el contrario habría que intentar que estas humanizasen la vivencia de la ciudad. Estos modelos urbanos deberían apostar por buscar una relación con los espacios públicos de la ciudad, donde estos espacios y la trama urbana acabarían teniendo un papel importante, contrario a la situación actual de periferias inhóspitas.
A pesar del boom edificatorio que hemos vivido en España hemos asistimos a la falta de valores cívicos asociados a los crecimientos urbanos. La reflexión en torno al proyecto contemporáneo y las necesidades actuales de la sociedad se han dado de lado frente al mero hecho constructivo. En un espacio muy breve de tiempo respecto a la historia de la mayoría de las ciudades, muchas de estas han dado un paso atrás en su calidad a la hora de crecer. Actualmente las periferias carecen de centralidad urbana, y se vuelven zonas residenciales carentes de otro valor, por lo que no aportan nada más allá de su dimensión a la idea global de la ciudad. Las causas habría que buscarlas, primero, en la rapidez del desarrollo técnico y urbanístico que desplaza hacia la periferia los nuevos crecimientos haciéndolos dependientes de los núcleos originales. Por todo ello, se hace necesario su crítica y valoración para no volver a cometer los mismos fallos en un futuro.
El proyecto residencial, está cada vez más interrelacionado con los diferentes usos que integran la ciudad. Las bases de la sostenibilidad urbana parten del punto de partida del propio funcionamiento interno del modelo de ciudad.
Se requiere, en primer lugar, un estudio consistente en un conjunto de proyectos arquitectónicos y urbanísticos que permitan su análisis y valoración desde múltiples perspectivas, así como la previsión de los efectos de una posible evolución de la gestión del suelo. En segundo lugar, hay que considerar que la esencia de la ciudad no radica exclusivamente en la mixtura de usos y densidad sino que también reside en el espacio público como el elemento urbano más importante, siempre que este esté vinculado a proyectos que generen densidad de uso. No obstante, la eficacia de este está vinculada directamente con la hibridación funcional. En estos términos, el trazado urbano necesita del uso colectivo generado por la complejidad urbana para crear ciudad. Esto hoy presenta una fuente inagotable de posibilidades para el campo proyectual y urbanístico.
Desde el Movimiento Moderno los aspectos sobre la vivienda y la ciudad han necesitado volver a estudiarse y restablecer las bases y su necesidad de readaptación en función de los cambios de la sociedad. Actualmente podemos poner en relieve la escasez de proyectos de calidad en los crecimientos del siglo XX y XXI en España. Todo ello derivado del aislamiento reflexivo del resto de Europa y la imposición de modelos que deslocalizaban socialmente durante el franquismo. Los ejemplos reseñables han sido escasos, o en su mayoría han configurado soluciones aisladas respecto al conjunto urbano en los cuales algunos se han realizado. La falta de calidad en la vivienda pública española se ha asumido culturalmente con el paso del tiempo, lo que ha hecho que las pequeñas mejoras que se han ido realizando y que atendían más a los aspectos técnicos que a los espaciales hayan parecido algo valioso. Sin embargo en una comparativa respecto a otros países que han tenido políticas de vivienda sociales de mayor calidad, a la vez que los modelos urbanos de crecimiento han dado respuesta a la vida urbana completa frente a la exclusividad residencial que hemos acontecido en nuestro país en la mayoría de los casos.
La densidad se debe entender como valor contemporáneo, desde la crítica a la falta de complejidad de los proyectos que actualmente se desarrollan en los nuevos asentamientos. El urbanismo de la última década de nuestro país ha priorizado el transporte privado frente al público debido a esta falta de densidad urbana, lo que ha provocado crecimientos no sostenibles y faltos de una calidad necesaria para ser llamados ciudad. Este hecho inicia la necesidad de reflexionar en torno a las necesidades actuales, para que en un futuro evolucionemos hacia modelos más sostenibles generados desde el punto de vista de la densidad urbana además de que la vivienda evolucione respecto a las necesidades de la sociedad actual.


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